La sociedad agotada: burnout, autoexplotación y la enfermedad de rendir siempre
Lic. Adrián
Torres Canales, MA, MBA, MSC, PHD ©
Imagen sacada de internet
“Cuando escribo
esta columna, estoy mirando mi propia experiencia”
Vivimos en una época donde el cansancio dejó
de ser una consecuencia ocasional del trabajo para convertirse en una forma de
existencia. La hiperproductividad, la conectividad permanente y la presión por
rendir han configurado un escenario donde descansar parece un lujo y detenerse,
una derrota. En nombre del éxito, la eficiencia y la autorrealización, millones
de personas viven atrapadas en dinámicas de sobreexplotación que deterioran
silenciosamente su salud mental y física.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han
describió este fenómeno en La sociedad del cansancio, señalando que el
sujeto contemporáneo ya no es dominado principalmente por un poder externo,
sino por una forma más sofisticada de dominación: la auto explotación. El
individuo moderno se transforma simultáneamente en explotador y explotado,
víctima y verdugo de sí mismo.
Han sostiene que las enfermedades
características del siglo XXI ya no son infecciosas, sino “neuronales”:
depresión, trastornos de ansiedad, déficit atencional y síndrome de desgaste
ocupacional o burnout. El problema central no sería la represión, sino el
exceso de positividad: la obligación constante de poder hacerlo todo, ser
siempre mejores y maximizar permanentemente nuestro rendimiento.
“No poder-poder-más conduce a un destructivo
reproche de sí mismo y a la autoagresión”, señala Han.
La lógica contemporánea del “sí se puede” ha
generado sujetos hiperactivos, incapaces de detenerse, atrapados en una
competencia permanente consigo mismos. El multitasking, celebrado durante años
como símbolo de eficiencia, aparece aquí como un síntoma de fragmentación de la
atención y empobrecimiento de la experiencia humana.
Desde el ámbito clínico, las consecuencias son
cada vez más evidentes. El estrés laboral crónico produce alteraciones
fisiológicas concretas: aumento sostenido del cortisol, trastornos del sueño,
hipertensión, cefaleas, fatiga crónica, problemas gastrointestinales, ansiedad
y deterioro inmunológico. Diversos estudios muestran que la exposición
prolongada al estrés modifica incluso la estructura y funcionamiento cerebral,
afectando la memoria, la concentración y la regulación emocional.
La Organización Mundial de la Salud reconoció
oficialmente el burnout como un fenómeno ocupacional derivado del estrés
laboral crónico no gestionado adecuadamente. Se manifiesta mediante agotamiento
extremo, despersonalización y sensación de ineficacia profesional. Pero detrás
de esa definición técnica existe algo más profundo: una sociedad que normalizó
vivir exhausta.
El problema no es únicamente individual. No se
trata simplemente de personas “débiles” o incapaces de manejar presión. Existe
una cultura estructural del rendimiento que glorifica el exceso de trabajo y
transforma el agotamiento en símbolo de compromiso. En muchos espacios
laborales y académicos, dormir poco se considera mérito, responder mensajes
fuera de horario parece obligación y descansar genera culpa.
Como se advertía ya hace algunos años en el
artículo “El trabajo está matando a la gente y a nadie le importa”, el
deterioro psíquico asociado al trabajo dejó de ser un fenómeno aislado para
convertirse en un problema de salud pública. Jornadas extensas, inseguridad
laboral, metas inalcanzables y culturas organizacionales basadas en la
competencia permanente producen condiciones ideales para el agotamiento
emocional y mental.
Esta situación impacta especialmente a quienes
trabajan en ámbitos de cuidado y servicio: personal de salud, docentes,
cuidadores, dirigentes sociales y estudiantes.
Paradójicamente, muchas de las personas más comprometidas con el bienestar de
otros terminan profundamente dañadas por sistemas que descansan precisamente
sobre su vocación y entrega.
En un análisis previo sobre estrés laboral
crónico, también advertíamos que la ausencia de respuestas institucionales
efectivas termina trasladando toda la responsabilidad al individuo, promoviendo
discursos de resiliencia y autocuidado mientras se mantienen intactas las
condiciones estructurales que enferman. El problema no se resuelve únicamente
con talleres motivacionales o pausas activas si persisten culturas laborales
basadas en la sobrecarga y la disponibilidad permanente.
Quizás una de las ideas más inquietantes de
Han sea que el sujeto de rendimiento ya no necesita vigilancia externa. Él
mismo se convierte en supervisor de su propia productividad. La explotación se
vuelve más eficiente porque parece libertad. El trabajador moderno cree
realizarse, cuando muchas veces solo se consume a sí mismo.
El resultado es una sociedad profundamente
cansada, aislada y ansiosa. Un cansancio que, como señala Han, agota incluso la
posibilidad de construir comunidad. Cuando toda la energía se consume
sobreviviendo y rindiendo, queda poco espacio para el encuentro humano, la
contemplación, la vida barrial o el cuidado mutuo.
Frente a ello, recuperar el derecho al
descanso, al tiempo libre, al silencio y a la vida comunitaria deja de ser una
cuestión secundaria. Se transforma en una necesidad ética, sanitaria y
política. Tal vez desacelerar, aprender a mirar nuevamente al otro y defender
condiciones laborales más humanas sea una de las formas más urgentes de
resistencia en esta sociedad del agotamiento permanente.
Fuentes:
3.- https://www.bbc.com/mundo/noticias-47656050
4.- https://www.theclinic.cl/author/adrian-torres/
5.- https://www.scielo.org.mx/pdf/cultural/v5n2/2448-539X-cultural-5-02-00321.pdf
6.- Camarena, G. Q. (2017). La sociedad del
cansancio. Byung-Chul Han. Herder Barcelona, España, 2012.
ISBN978-84-254-2868-5. De la sociedad de los locos a la sociedad de los
cansados. Culturales, 1(2), 321-328f.
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