07 junio 2026

CONCURSOS ACADÉMICOS, ALTA DIRECCIÓN PÚBLICA Y CONFIANZA INSTITUCIONAL

  

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CONFIANZA INSTITUCIONAL

En Chile solemos discutir mucho sobre transparencia, mérito y legitimidad en el sector público, pero rara vez conectamos dos mundos que comparten tensiones sorprendentemente similares: la Alta Dirección Pública (ADP) y los concursos académicos universitarios.

Ambos sistemas nacieron —al menos en parte— como respuestas a viejas prácticas de discrecionalidad institucional. Ambos buscan profesionalizar espacios estratégicos. Ambos intentan equilibrar autonomía institucional, mérito, pertinencia y confianza pública. Y ambos, pese a avances importantes, siguen enfrentando una pregunta incómoda: ¿cuán claros y coherentes son realmente sus procesos de selección?

La Alta Dirección Pública constituyó, sin duda, uno de los mayores esfuerzos de modernización del Estado chileno de las últimas décadas. Introdujo estándares técnicos, concursos abiertos y mecanismos meritocráticos que reemplazaron parcialmente lógicas históricas de designación política. Nadie podría negar ese avance.

Sin embargo, con el tiempo también emergieron críticas persistentes: alta rotación tras cambios de gobierno; tensiones entre mérito técnico y confianza política; concursos aparentemente abiertos, pero orientados hacia perfiles muy específicos; y percepciones de discrecionalidad difíciles de disipar completamente.

Algo parecido ocurre hoy en muchas universidades.

En los últimos años, las instituciones de educación superior han incorporado en sus discursos conceptos como interdisciplinariedad, vinculación con el medio, salud comunitaria, innovación educativa o trabajo territorial. Eso representa un avance relevante respecto de modelos académicos más cerrados y autorreferentes.

Pero a veces persiste una distancia entre el perfil declarado y el perfil finalmente priorizado.

Existen concursos que formalmente parecen abiertos a trayectorias diversas, pero que operacionalmente terminan favoreciendo perfiles mucho más tradicionales o previamente definidos por la lógica interna de ciertas unidades académicas. El problema no es que una institución decida privilegiar determinados perfiles —eso es completamente legítimo—, sino que dicha orientación no siempre aparece explicitada con suficiente claridad desde el inicio.

Y allí aparece el punto central: la confianza institucional.

Ni la ADP ni las universidades necesitan eliminar autonomía para fortalecer legitimidad. Lo que requieren es algo más simple: mayor coherencia entre discurso y práctica; criterios explícitos; perfiles mejor delimitados; y procesos que reduzcan la percepción de arbitrariedad.

Porque finalmente, tanto en el Estado como en la universidad, las instituciones no sólo se legitiman por los resultados que producen, sino también por la forma en que toman sus decisiones.

Y en tiempos donde la confianza pública se ha vuelto un recurso escaso, la claridad institucional deja de ser un detalle administrativo para transformarse en una condición estratégica de credibilidad.

 


18 mayo 2026

EL CANSANCIO COMO FORMA DE VIDA

 La sociedad agotada: burnout, autoexplotación y la enfermedad de rendir siempre

Lic. Adrián Torres Canales, MA, MBA, DEA, PHD ©

 

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“Cuando escribo esta columna, estoy mirando mi propia experiencia”

Vivimos en una época donde el cansancio dejó de ser una consecuencia ocasional del trabajo para convertirse en una forma de existencia. La hiperproductividad, la conectividad permanente y la presión por rendir han configurado un escenario donde descansar parece un lujo y detenerse, una derrota. En nombre del éxito, la eficiencia y la autorrealización, millones de personas viven atrapadas en dinámicas de sobreexplotación que deterioran silenciosamente su salud mental y física.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han describió este fenómeno en La sociedad del cansancio, señalando que el sujeto contemporáneo ya no es dominado principalmente por un poder externo, sino por una forma más sofisticada de dominación: la auto explotación. El individuo moderno se transforma simultáneamente en explotador y explotado, víctima y verdugo de sí mismo.

Han sostiene que las enfermedades características del siglo XXI ya no son infecciosas, sino “neuronales”: depresión, trastornos de ansiedad, déficit atencional y síndrome de desgaste ocupacional o burnout. El problema central no sería la represión, sino el exceso de positividad: la obligación constante de poder hacerlo todo, ser siempre mejores y maximizar permanentemente nuestro rendimiento.

“No poder-poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión”, señala Han.

La lógica contemporánea del “sí se puede” ha generado sujetos hiperactivos, incapaces de detenerse, atrapados en una competencia permanente consigo mismos. El multitasking, celebrado durante años como símbolo de eficiencia, aparece aquí como un síntoma de fragmentación de la atención y empobrecimiento de la experiencia humana.

Desde el ámbito clínico, las consecuencias son cada vez más evidentes. El estrés laboral crónico produce alteraciones fisiológicas concretas: aumento sostenido del cortisol, trastornos del sueño, hipertensión, cefaleas, fatiga crónica, problemas gastrointestinales, ansiedad y deterioro inmunológico. Diversos estudios muestran que la exposición prolongada al estrés modifica incluso la estructura y funcionamiento cerebral, afectando la memoria, la concentración y la regulación emocional.

La Organización Mundial de la Salud reconoció oficialmente el burnout como un fenómeno ocupacional derivado del estrés laboral crónico no gestionado adecuadamente. Se manifiesta mediante agotamiento extremo, despersonalización y sensación de ineficacia profesional. Pero detrás de esa definición técnica existe algo más profundo: una sociedad que normalizó vivir exhausta.

El problema no es únicamente individual. No se trata simplemente de personas “débiles” o incapaces de manejar presión. Existe una cultura estructural del rendimiento que glorifica el exceso de trabajo y transforma el agotamiento en símbolo de compromiso. En muchos espacios laborales y académicos, dormir poco se considera mérito, responder mensajes fuera de horario parece obligación y descansar genera culpa.

Como se advertía ya hace algunos años en el artículo “El trabajo está matando a la gente y a nadie le importa”, el deterioro psíquico asociado al trabajo dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en un problema de salud pública. Jornadas extensas, inseguridad laboral, metas inalcanzables y culturas organizacionales basadas en la competencia permanente producen condiciones ideales para el agotamiento emocional y mental.

Esta situación impacta especialmente a quienes trabajan en ámbitos de cuidado y servicio: personal de salud, docentes, cuidadores, dirigentes sociales y estudiantes. Paradójicamente, muchas de las personas más comprometidas con el bienestar de otros terminan profundamente dañadas por sistemas que descansan precisamente sobre su vocación y entrega.

En un análisis previo sobre estrés laboral crónico, también advertíamos que la ausencia de respuestas institucionales efectivas termina trasladando toda la responsabilidad al individuo, promoviendo discursos de resiliencia y autocuidado mientras se mantienen intactas las condiciones estructurales que enferman. El problema no se resuelve únicamente con talleres motivacionales o pausas activas si persisten culturas laborales basadas en la sobrecarga y la disponibilidad permanente.

Quizás una de las ideas más inquietantes de Han sea que el sujeto de rendimiento ya no necesita vigilancia externa. Él mismo se convierte en supervisor de su propia productividad. La explotación se vuelve más eficiente porque parece libertad. El trabajador moderno cree realizarse, cuando muchas veces solo se consume a sí mismo.

El resultado es una sociedad profundamente cansada, aislada y ansiosa. Un cansancio que, como señala Han, agota incluso la posibilidad de construir comunidad. Cuando toda la energía se consume sobreviviendo y rindiendo, queda poco espacio para el encuentro humano, la contemplación, la vida barrial o el cuidado mutuo.

Frente a ello, recuperar el derecho al descanso, al tiempo libre, al silencio y a la vida comunitaria deja de ser una cuestión secundaria. Se transforma en una necesidad ética, sanitaria y política. Tal vez desacelerar, aprender a mirar nuevamente al otro y defender condiciones laborales más humanas sea una de las formas más urgentes de resistencia en esta sociedad del agotamiento permanente.

Fuentes:

1.- https://medicinaysaludpublica.com/noticias/salud-publica/oms-oficializa-el-sindrome-del-burnout-como-una-enfermedad-de-trabajo/12348

2.- https://www.ovejeronoticias.cl/2019/07/stress-laboral-cronico-sin-respuestas-adrian-torres-canales-profesor-investigador-escuela-de-medicina-universidad-de-santiago-de-chile/

3.- https://www.bbc.com/mundo/noticias-47656050

4.- https://www.theclinic.cl/author/adrian-torres/

5.- https://www.scielo.org.mx/pdf/cultural/v5n2/2448-539X-cultural-5-02-00321.pdf

6.- Camarena, G. Q. (2017). La sociedad del cansancio. Byung-Chul Han. Herder Barcelona, España, 2012. ISBN978-84-254-2868-5. De la sociedad de los locos a la sociedad de los cansados. Culturales, 1(2), 321-328f.

 

 

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