UNA REFLEXIÓN ÉTICA SOBRE EL DESARROLLO DE PERSONAS
Las comunidades no solo enferman por aquello
que les falta. También enferman cuando dejan de reconocer aquello que les da
vida.
En salud hablamos de humanización de la
atención; en el trabajo comunitario hablamos de activos para la salud; en
patrimonio hablamos de memoria e identidad. En el fondo, todas estas
disciplinas convergen en una misma convicción: las personas no son recursos
reemplazables, sino portadoras de experiencias, vínculos y saberes que
sostienen la vida colectiva.
Por eso la historia de Don Cirilo,
creada por el psicólogo Carlos Aguilera Muga[1],
trasciende el ámbito de la gestión de personas [2]. No es simplemente el relato de
un trabajador próximo a jubilar cuya permanencia parece incompatible con los
criterios de eficiencia. Es una invitación a preguntarnos qué ocurre cuando una
organización comienza a valorar más la rapidez que la experiencia, más el
reemplazo que la construcción colectiva y más la lógica del corto plazo que la
responsabilidad con su propia historia.
Las universidades públicas no están exentas de
ese riesgo. Con frecuencia se habla de innovación, excelencia, acreditación,
productividad o competitividad. Todos esos objetivos son legítimos. Sin
embargo, pocas veces se plantea una pregunta igualmente importante: ¿quién
cuida a quienes han cuidado durante años a la universidad?
No se trata de impedir el ingreso de nuevas
generaciones ni de romantizar la antigüedad. Toda comunidad necesita renovarse.
El problema aparece cuando la renovación deja de dialogar con la experiencia y
comienza a confundirse con la sustitución. Cuando la trayectoria deja de ser un
activo institucional para transformarse en un antecedente irrelevante. Cuando
el conocimiento construido durante años pierde valor frente a criterios que las
comunidades perciben como escasamente explicados.
Desde la perspectiva de la humanización, este
fenómeno tiene consecuencias profundas. Una organización no se deshumaniza
únicamente cuando existe maltrato explícito. También puede hacerlo cuando las
personas dejan de sentirse reconocidas, cuando el mérito parece insuficiente
para proyectar una carrera académica, cuando las decisiones se viven como
hechos consumados y no como procesos dialogados, o cuando el compromiso con la
institución deja de encontrar reciprocidad.
Hoy, sabemos que la salud depende de factores
mucho más amplios que la ausencia de enfermedad. Aaron Antonovsky hablaba de
aquellos recursos que permiten a las personas mantener un sentido de coherencia
frente a las dificultades. Del mismo modo, una comunidad universitaria necesita
activos que fortalezcan su bienestar: confianza, reconocimiento, justicia
procedimental, participación y respeto mutuo.
Esos activos no aparecen en los balances
financieros, pero sostienen la calidad de una institución mucho más que muchos
indicadores cuantitativos.
El propio Aguilera recuerda que las
investigaciones de David Maister demostraron que las organizaciones que ponen a
las personas en el centro obtienen también mejores resultados. No se trata,
entonces, de optar entre eficiencia y humanismo. La evidencia muestra que ambas
dimensiones pueden fortalecerse mutuamente cuando la organización comprende que
el compromiso no se decreta: se cultiva.
Quizás la enseñanza más profunda de Don Cirilo
sea otra. Las organizaciones también tienen memoria.
Así como un barrio pierde parte de su
identidad cuando desaparecen sus lugares significativos, una universidad pierde
parte de su patrimonio cuando deja de reconocer a quienes, silenciosamente,
dedicaron años a construir proyectos, formar estudiantes, tender puentes con
los territorios, innovar en la docencia o acercar la academia a las
comunidades.
En los últimos años hemos aprendido,
trabajando junto a vecinos, dirigentes sociales, estudiantes y equipos de
salud, que el patrimonio no son solamente los edificios ni los documentos.
También son las personas. Ellas encarnan una forma de comprender el mundo,
transmiten una cultura institucional y mantienen vivas tradiciones que ningún
reglamento alcanza a describir.
Tal vez por eso nos inquieta más una cultura
organizacional que normaliza la indiferencia que una decisión específica. Las
decisiones siempre pueden discutirse; la indiferencia, en cambio, termina
erosionando el sentido mismo de comunidad.
Toda universidad debería preguntarse, de vez
en cuando, cuántos Don Cirilo habitan todavía sus pasillos. Pero, sobre todo,
debería preguntarse cuántos podría estar creando sin advertirlo.
Porque la verdadera humanización no comienza,
ni termina en las aulas. Comienza en la manera en que tratamos a quienes
trabajan junto a nosotros.
Y una universidad que cuida a su gente no solo
forma mejores profesionales. También enseña, con el ejemplo, la lección más
importante de todas: que ninguna comunidad puede aspirar a humanizar la
sociedad si antes no es capaz de humanizarse a sí misma.
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