10 julio 2026

LA IMPORTANCIA DE CUIDAR A DON CIRILO

 UNA REFLEXIÓN ÉTICA SOBRE EL DESARROLLO DE PERSONAS

Foto extraida de internet, que puede representar a muchos Don Cirilo

Las comunidades no solo enferman por aquello que les falta. También enferman cuando dejan de reconocer aquello que les da vida.

En salud hablamos de humanización de la atención; en el trabajo comunitario hablamos de activos para la salud; en patrimonio hablamos de memoria e identidad. En el fondo, todas estas disciplinas convergen en una misma convicción: las personas no son recursos reemplazables, sino portadoras de experiencias, vínculos y saberes que sostienen la vida colectiva.

Por eso la historia de Don Cirilo, creada por el psicólogo Carlos Aguilera Muga[1], trasciende el ámbito de la gestión de personas [2]. No es simplemente el relato de un trabajador próximo a jubilar cuya permanencia parece incompatible con los criterios de eficiencia. Es una invitación a preguntarnos qué ocurre cuando una organización comienza a valorar más la rapidez que la experiencia, más el reemplazo que la construcción colectiva y más la lógica del corto plazo que la responsabilidad con su propia historia.

Las universidades públicas no están exentas de ese riesgo. Con frecuencia se habla de innovación, excelencia, acreditación, productividad o competitividad. Todos esos objetivos son legítimos. Sin embargo, pocas veces se plantea una pregunta igualmente importante: ¿quién cuida a quienes han cuidado durante años a la universidad?

No se trata de impedir el ingreso de nuevas generaciones ni de romantizar la antigüedad. Toda comunidad necesita renovarse. El problema aparece cuando la renovación deja de dialogar con la experiencia y comienza a confundirse con la sustitución. Cuando la trayectoria deja de ser un activo institucional para transformarse en un antecedente irrelevante. Cuando el conocimiento construido durante años pierde valor frente a criterios que las comunidades perciben como escasamente explicados.

Desde la perspectiva de la humanización, este fenómeno tiene consecuencias profundas. Una organización no se deshumaniza únicamente cuando existe maltrato explícito. También puede hacerlo cuando las personas dejan de sentirse reconocidas, cuando el mérito parece insuficiente para proyectar una carrera académica, cuando las decisiones se viven como hechos consumados y no como procesos dialogados, o cuando el compromiso con la institución deja de encontrar reciprocidad.

Hoy, sabemos que la salud depende de factores mucho más amplios que la ausencia de enfermedad. Aaron Antonovsky hablaba de aquellos recursos que permiten a las personas mantener un sentido de coherencia frente a las dificultades. Del mismo modo, una comunidad universitaria necesita activos que fortalezcan su bienestar: confianza, reconocimiento, justicia procedimental, participación y respeto mutuo.

Esos activos no aparecen en los balances financieros, pero sostienen la calidad de una institución mucho más que muchos indicadores cuantitativos.

El propio Aguilera recuerda que las investigaciones de David Maister demostraron que las organizaciones que ponen a las personas en el centro obtienen también mejores resultados. No se trata, entonces, de optar entre eficiencia y humanismo. La evidencia muestra que ambas dimensiones pueden fortalecerse mutuamente cuando la organización comprende que el compromiso no se decreta: se cultiva.

Quizás la enseñanza más profunda de Don Cirilo sea otra. Las organizaciones también tienen memoria.

Así como un barrio pierde parte de su identidad cuando desaparecen sus lugares significativos, una universidad pierde parte de su patrimonio cuando deja de reconocer a quienes, silenciosamente, dedicaron años a construir proyectos, formar estudiantes, tender puentes con los territorios, innovar en la docencia o acercar la academia a las comunidades.

En los últimos años hemos aprendido, trabajando junto a vecinos, dirigentes sociales, estudiantes y equipos de salud, que el patrimonio no son solamente los edificios ni los documentos. También son las personas. Ellas encarnan una forma de comprender el mundo, transmiten una cultura institucional y mantienen vivas tradiciones que ningún reglamento alcanza a describir.

Tal vez por eso nos inquieta más una cultura organizacional que normaliza la indiferencia que una decisión específica. Las decisiones siempre pueden discutirse; la indiferencia, en cambio, termina erosionando el sentido mismo de comunidad.

Toda universidad debería preguntarse, de vez en cuando, cuántos Don Cirilo habitan todavía sus pasillos. Pero, sobre todo, debería preguntarse cuántos podría estar creando sin advertirlo.

Porque la verdadera humanización no comienza, ni termina en las aulas. Comienza en la manera en que tratamos a quienes trabajan junto a nosotros.

Y una universidad que cuida a su gente no solo forma mejores profesionales. También enseña, con el ejemplo, la lección más importante de todas: que ninguna comunidad puede aspirar a humanizar la sociedad si antes no es capaz de humanizarse a sí misma.